No suelo escribir sobre cosas alegres, pero a veces lo intento.
Cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia (o mala leche).

miércoles, 20 de abril de 2016

No existen los zombies.

Perderme en tus ojos fue más fácil que perderme en el aeropuerto, en aquella ciudad que visitamos, y que no encontrarme entre las sábanas de mi cama. Como olas blancas me engulleron, haciéndose enormes sin ti, mi barco, mi ancla en días de tempestad.
No te dedico más frases porque no quiero, no más lágrimas porque de deshidratación muero, no más gemidos en otros brazos porque ya no aportan nada.
Esta es una entrada triste, una anécdota difusa.
Un quejido,
soy yo pidiendo ayuda.
Pidiendo que vengas y me abraces.
Que me quieras.
Sin embargo, ¿ya de qué sirve? No se puede resucitar a un muerto.

domingo, 10 de abril de 2016

Droga

Como la droga.
Dulce y adictivo, dejándome con ganas de más; con ansiedad ante tu pérdida, con tristeza cuando me faltas. Fino polvo de estrellas.
Como la droga, exactamente como eso, no hay mejor sinónimo para ti y para tu piel.
Cabe señalar que siempre me ha costado tener dependencia de algo, tanto alcohol como tabaco, como porros y parejas. Puede que hasta de amistades. Pocas cosas me parecen imposibles, como dejar de comerme las uñas. Y olvidarme de ti.

Cuando no estás, te veo en sueños (esto es completamente real) y me levanto entre angustias, pensando que, si todo lo bueno se acaba, qué será de mí.
Y de mi adicción.
A ti.
A tu espalda y a sus constelaciones.

Aunque tú te equivoques, aunque me hagas errar, siempre sucede lo mismo, como una tradición macabra. Siempre me tropiezo con tus ojos afilados como cuchillos y dolorosos como sierras.
Duele.
Pero sigue siendo mi pasatiempo favorito.
Y más duele cuando te vas
dejando tras de ti
una estela,
como los cometas, 
y un recuerdo imborrable:
tu ausencia.