Como la droga.
Dulce y adictivo, dejándome con ganas de más; con ansiedad ante tu pérdida, con tristeza cuando me faltas. Fino polvo de estrellas.
Como la droga, exactamente como eso, no hay mejor sinónimo para ti y para tu piel.
Cabe señalar que siempre me ha costado tener dependencia de algo, tanto alcohol como tabaco, como porros y parejas. Puede que hasta de amistades. Pocas cosas me parecen imposibles, como dejar de comerme las uñas. Y olvidarme de ti.
Cuando no estás, te veo en sueños (esto es completamente real) y me levanto entre angustias, pensando que, si todo lo bueno se acaba, qué será de mí.
Y de mi adicción.
A ti.
A tu espalda y a sus constelaciones.
Aunque tú te equivoques, aunque me hagas errar, siempre sucede lo mismo, como una tradición macabra. Siempre me tropiezo con tus ojos afilados como cuchillos y dolorosos como sierras.
Duele.
Pero sigue siendo mi pasatiempo favorito.
Y más duele cuando te vas
dejando tras de ti
una estela,
como los cometas,
y un recuerdo imborrable:
tu ausencia.