Hola, soy Mónica y sufrí bulling en el instituto.
Todos se metían con mi físico, me llamaban de todo (a veces de forma ingeniosa pero la mayoría del tiempo eran un insulto a la inteligencia) y se reían de mí cuando hacía deporte. Muchos (la mayoría) pensaréis que tengo sobrepeso, pero es al contrario, soy extremadamente delgada. No tengo ningún problema con la comida, no soy Ana ni Mía (nombres que se refieren a la anorexia y a la bulimia respectivamente en diversas redes sociales), ni sufro ningún tipo de desorden alimenticio, simplemente mi metabolismo quema muy rápido la grasa.
Puede que algunos me envidiéis, aunque no deberíais hacerlo. Me insultaban, me tiraban del pelo ciertas niñas, mi hermano me despreciaba delante de mis padres y cuando iba al médico por estar enferma, saltaban todo tipo de rumores. A parte, era frustrante no poder engordar y escuchar como mi familia decía que mis padres no me alimentaban y, algo tan simple como comprarse ropa, para mí era una odisea porque todo me quedaba patéticamente ancho.
La vida no era fácil así e hice locuras de las que hoy en día me arrepiento (tal era mi desesperación que me cortaba, me pegaba y me menospreciaba) pero, gracias a mi hermana mayor todo eso cambió. Un día me descubrió llorando en el baño así que le confesé mis años de sufrimiento (fueron tres) y ella fue a hablar con el director del instituto para parar mi tortura. Al contrario de lo que yo pensaba, los problemas se acabaron.
Para finalizar, dedico estas palabras a todos los que lleváis dietas absurdas para veros delgados (o esqueléticos, como prefiráis) y a los que sufren bulling por cualquier razón: tenéis que quereros a vosotros mismos. Es duro hacerlo cuando ves que hay gente que te odia sin razón pero valéis más que toda esa gente, no os dejéis pisar porque de todo se sale y todo se supera.
No suelo escribir sobre cosas alegres, pero a veces lo intento.Cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia (o mala leche).
jueves, 31 de julio de 2014
miércoles, 30 de julio de 2014
domingo, 20 de julio de 2014
"Rarezas"
Capítulo 3
Nos salía bastante bien fingir ser solo amigos. Iba a su casa y ella venía a la mía casi a diario; y las tardes se llenaban de besos y risas, charlas y películas. La vida nos sonreía.Sin embargo, en el colegio los rumores empezaron a hacerse notar ya que nuestros compañeros consideraban extraño que no tuviéramos pareja y que ni siquiera mostráramos interés en tenerla.
Todo aquello era soportable hasta que llegó un fatídico catorce de febrero. Nunca le dí demasiada importancia a aquel día, hasta que un chico se me declaró. Éramos amigos desde hacía tres años y me caía muy bien, pero no podía imaginar que pudiera declararme su amor. Supuestamente todo indicaba a que seríamos la pareja perfecta, pero claro, "supuestamente" mi condición sexual era homosexual. Me entregó una caja de bombones con una carta confesándome sus sentimientos en medio del descanso entre una clase y otra. Simplemente cogí el regalo y le prometí hablarlo a final de las clases.
En cuanto tuve un momento se lo conté a Sophie, que me dio unos consejos para no ser demasiado duro con él; pero mis nervios estaban a flor de piel.
Llegó la hora tan poco deseada y nos reunimos en las canchas de baloncesto.
_Charlie... _me dolía pronunciar su nombre. _No puedo aceptar tu regalo.
Sus ojos, que al inicio del encuentro eran amigables y llenos de esperanza, se tornaron oscuros.
_ ¿Por qué no?
_ Es que... Yo... No siento... No creo que... debamos empezar una... relación..._ no era ni consciente de lo que estaba diciendo, no podía mirarle a la cara, solo le di la caja y la carta.
_ Entiendo. _murmuró. Su voz sonaba tan rota, tan triste que no pude quedarme sin decirle nada.
_No es por ti, Charlie, es por mí.
_No me vengas con tópicos, si no te gusto es porque el problema lo tengo yo. _su voz era enfadada.
_De verdad, créeme. El problema lo tengo yo. Yo soy el problema, yo no soy... _alto, ¿qué iba a decir? _No quiero una relación ahora. _dije, sin mucha seguridad.
Vi en sus ojos algo que no le cuadraba de mi explicación, sin embargo no me dijo nada, simplemente se fue.
Al llegar a mi casa mis padres notaron mi malestar y se atiborraron a preguntarme, pero yo insistía en no soltar prenda.
La única que sabe cómo me sentía en aquel momento fue Sophie, que intentó tranquilizarme viniendo a mi casa. Pero ni ella ni yo sabíamos lo que se nos presentaba desde aquel momento.
sábado, 19 de julio de 2014
Convivencia entre zombies
La epidemia nos alcanzó en la residencia. El brote había aparecido en mi compañero de piso. Sus síntomas eran claros: pérdida del apetito, utilizar cada vez menos el cerebro (aunque en él eso no era extraño) y una completa desorientación.

El contagio se producía mediante un beso, un simple roce en los labios te volvía zombie al cabo de un par de semanas. ¿Podría ser eso una metáfora del amor? Quizás.
Volviendo al tema inicial, cuando se dio la voz de alarma en mi residencia universitaria, cundió el pánico. La gente huía a algún lugar o corrían como locos chocándose unos contra otros. Lo gracioso fue que, para evitar un contagio global, nos encerraron a todos en el edificio. Imaginaos la situación: cerca de 500 universitarios llenos de hormonas, granos e idioteces intentando sobrevivir a una masacre zombie.
Mi poco atractivo compañero (todo hay que decirlo) se comportaba bien, de hecho, al vivir con él no daba ningún problema, solo que de vez en cuando quería comerme. Pero era tan imbécil que podía correr en círculos y él nunca me alcanzaría. El resto del tiempo lo invertía jugando al ordenador. La verdad es que siendo zombie me dejaba estudiar mejor así que gracias virus, me salvaste de sus pesadas charlas sobre el LOL.
El problema vino cuando besó a la chica más guapa del lugar. Una rubia despampanante que se habría de piernas con la facilidad y frecuencia con la que uno parpadea. Eso sí fue un problema, la más salida era zombie, y seguro que más de uno deseaba que lo contagiaran.
Pero ella, inteligentemente, dándose cuenta de su problema, decidió que los contagiados se vistieran con sudadera roja y los zombies hambrientos, de negro. Así sabrías dónde te metías.
En la cafetería empezaron a llegar corazones y cerebros de cerdos, cosa que a los zombies les encantaba, así que no hubo ninguna baja (por lo menos ninguna importante).
Y así sobrevivíamos, humanos que de vez en cuando teníamos que huir de los besos para no ser contagiados, contagiados que esperaban el momento de ser zombies y zombies idiotas.

El contagio se producía mediante un beso, un simple roce en los labios te volvía zombie al cabo de un par de semanas. ¿Podría ser eso una metáfora del amor? Quizás.
Volviendo al tema inicial, cuando se dio la voz de alarma en mi residencia universitaria, cundió el pánico. La gente huía a algún lugar o corrían como locos chocándose unos contra otros. Lo gracioso fue que, para evitar un contagio global, nos encerraron a todos en el edificio. Imaginaos la situación: cerca de 500 universitarios llenos de hormonas, granos e idioteces intentando sobrevivir a una masacre zombie.
Mi poco atractivo compañero (todo hay que decirlo) se comportaba bien, de hecho, al vivir con él no daba ningún problema, solo que de vez en cuando quería comerme. Pero era tan imbécil que podía correr en círculos y él nunca me alcanzaría. El resto del tiempo lo invertía jugando al ordenador. La verdad es que siendo zombie me dejaba estudiar mejor así que gracias virus, me salvaste de sus pesadas charlas sobre el LOL.
El problema vino cuando besó a la chica más guapa del lugar. Una rubia despampanante que se habría de piernas con la facilidad y frecuencia con la que uno parpadea. Eso sí fue un problema, la más salida era zombie, y seguro que más de uno deseaba que lo contagiaran.
Pero ella, inteligentemente, dándose cuenta de su problema, decidió que los contagiados se vistieran con sudadera roja y los zombies hambrientos, de negro. Así sabrías dónde te metías.
En la cafetería empezaron a llegar corazones y cerebros de cerdos, cosa que a los zombies les encantaba, así que no hubo ninguna baja (por lo menos ninguna importante).
Y así sobrevivíamos, humanos que de vez en cuando teníamos que huir de los besos para no ser contagiados, contagiados que esperaban el momento de ser zombies y zombies idiotas.
jueves, 17 de julio de 2014
jueves, 10 de julio de 2014
I love him from my skin to my bones. -E.S.
A Alberto para mí, a Román para los demás:
Solo puedo agradecerte no solo este maravilloso momento musical, sino todos los demás recuerdos que han sido increíbles. Que ya no, no tengo miedo, todo a cambiado, tú me has cambiado y he de decir que para mejor. Y gracias, por hacerme reír a carcajadas y sentir que tengo un gran apoyo conmigo.
Y te odio, como te dije, como me dices, te odio más que a nadie en este vacío mundo. Pese a que te rías de mí y te burles, para mí, eres mi equilibrio. Así que ven a mi lado y quítame todas las aceitunas de mi vista mientras disfrutamos del calor de verano de este día tan especial, en el que tengo lo que nunca hubiese imaginado.
Aquí estamos, un año después, yo a punto de llorar con las canciones que más adoro y rodeada de recuerdos tuyos y a ti leyendo esto.
Tal vez no es lo mejor que he podido darte, y no es lo que te mereces. Prometo arreglarlo cuando ambos volvamos, palabrita.
Y gracias, de nuevo, y todos los días que permanezcas aquí, escuchándome desvariar y llorar de risa.
Hoy, lo que queda de día, brindo por todas las primeras veces que nos quedan.
Te odio a rabiar, te quiero a morir.
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