Caminaba por las calles buscando un tipo de flor: rosas negras.
No las había por ninguna floristería (¿quién quería unos pétalos de luto?) pero él era capaz de pintarlas a mano. Desesperado, perdido, andaba sin rumbo buscando esa pequeña salvación con nombre de mujer. Ese nombre era el de su amada, su chica lúgubre y libre. Rosa.
Mujer de hoyuelos, de miradas que dicen más que cualquier poema. Era a ella la que le había absorbido la tristeza para convertirla en alegría.
Por fin en una esquina encontró lo que buscaba: una tienda oscura con rosas negras. Al entrar se dio cuenta de que parecía un lugar de tráfico de drogas disfrazado de floristería.
_ Una rosa negra, tres euros.
¿Por qué?, ni siquiera esa duda salió de sus labios. Compró tres y salió corriendo de aquel horrible lugar.
La noche se acercaba más rápido que lo que se acercaba a la casa de su chica.
Sin dudarlo, cruzó un semáforo en rojo, lo que hizo que un coche casi lo atropellara. Ni siquiera escuchó al conductor furioso ya que en su cabeza resonaba el mismo susurro una y otra vez.
Chocándose con los transeúntes, llegó al portal de Rosa. Llamó una vez. Otra. Y otra más. Se impacientaba.
_ ¿Sí? _sonó la dueña de los susurros de su cabeza.
_ Rosa... yo...
_ No vuelvas a llamar.
Sintió un dolor en el pecho. Respiró profundamente e ideó un plan. Necesitaba hablar con ella.
Llamó a todos los porterillos y contestaron diversas voces casi al unísono.
¿Qué? ¿Sí? ¿Hola? ¿Quién es?
Pero alguien, sin saber bien por qué, abrió la puerta.
Con el corazón en un puño subió las escaleras hasta la tercera planta. Podría haber utilizado el ascensor pero no sería capaz de estar quieto esperando a que este lo llevara a su destino.
Jadeante, llegó a la puerta y tocó el timbre.
Pudo sentir que ella lo observaba desde la mirilla y con voz temblorosa le dijo que se fuera.
Otra vez el dolor en el pecho.
_ Por favor, Rosa, déjame hablarte...
Pasaron segundos que parecían horas hasta que escuchó el pestillo moverse.
Rosa había abierto la puerta, con ojos hinchados de llorar, con su pijama, con un moño desecho.
Él le dio las rosas y ella le permitió entrar.
Una vez dentro, las lanzó a la papelera.
Él se lo reprochó,
ella dijo que no las quería,
él dijo que la amaba,
ella dijo que él le hacía daño,
él dijo que la necesitaba,
ella dijo que estaba harta de que la tratara mal.
Las horas avanzaron en una conversación enfermiza.
Él no sabía querer ni tampoco olvidar.
Ella lo necesitaba pero quería ser feliz.
Mientras, las rosas se fueron pudriendo y ellos muriendo de corazón roto.