No soy un chico demasiado rico, ni demasiado guapo ni mucho menos inteligente, eso para empezar. Aquella era la razón por la que ese atardecer nublado me preguntaba, mientras fumaba, qué cojones mantenía a esa chica a mi lado. Desde mi terraza, con el frío viento de la entrada de otoño, pude ver como se bajaba del bus con una bolsa en las manos y su gran bandolera negra. Incluso desde el sexto piso de mi bloque podía distinguir ese moño despeinado y ese movimiento de caderas que me traía por la calle de la amargura.
Me quedé allí, esperando a que subiera, respirando mi humo negro. Nunca avisaba cuando venía a casa, lo que no me importaba ya que su compañía siempre era una bendición y como estaba solo, jamás me interrumpía y si lo hacía, ella pasaba a primer plano rápidamente.
Llamó a la puerta y, en calzoncillos, le abrí.
_ Hola. _ siempre con esa voz tan optimista. _Te he traído algo para picotear. Ya sabes que hoy es viernes de salir, así que nos vamos de fiesta y no acepto un no. ¿Me das un Bacardi?
_Claro.
Esa fue mi respuesta global.
Ella fue a prepararse al baño, ya que no venía maquillada pero daba igual, seguía siendo la chica más hermosa que he visto.
Me vestí rápido y me dediqué a fisgonear la bolsa; dentro tenía patatas fritas con queso. Me encantaban y ahora ella un poco más que ayer. Le preparé su Barcardi y yo me serví una cerveza.
A la media hora nos dirigíamos a la discoteca en mi coche. Ella se dedicaba a cantar todas las canciones de la radio y cada nota que salía de sus labios me atravesaba el alma. Desde luego, aquella noche no quería volver a casa solo.
Una vez en la puerta del local, la dejé con sus amigos para buscar aparcamiento y volver veinte minutos más tarde. Esperé la cola y entré. La primera imagen que vi fue la suya... Sí, la suya bailando con otro.
¿Qué podía hacer? No éramos nada pero mi objetivo era claro, la iba a salvar de aquel baboso.
Me acerqué y me la llevé a la barra prometiéndole la copa que quisiese. Nos pedimos juntos no sé cuantos chupitos aunque obviamente la invité.
Fuimos a la pista para que ella pudiese bailar mientras yo la miraba. Aparte de ser preciosa sabía como seducirme bailando. Se acercó a mí y me susurró:
¿Me llevas a tu casa? Me apetece tumbarme en el sofá contigo.
Fue inmediato, me la llevé al coche y nos pusimos en marcha.
_¿Qué quieres hacer? ¿Alquilamos una peli? _dije en el primer semáforo que se puso en rojo.
_Solo quiero quitarte la ropa_dijo tras darme un beso en la mejilla.
El resto de la historia es fácil de imaginar.
A la mañana siguiente, otro día nublado más, me levanté de la cama para fumarme mi primer cigarro del día mientras se hacía el café y ella se despertaba. Cuando respiré mi última calada noté un abrazo por detrás y un beso en la nuca.
_Buenos días.
_Tienes voz de dormida.
_Lo sé, lo estoy. Te cojo una camiseta y un cigarro, ¿vale? Me voy ya a casa.
Me giré y allí estaba ella, con su moño, sus pantalones pitillo, su bandolera y mi camiseta encendiéndose mi tabaco.
_ ¿Tienes un bollo o algo con chocolate? Tengo hambre.
_Mira en la despensa.
_Vale. Lo cojo y me voy. _se acercó a darme lo que parecía un beso, lo que me emocionó. Nunca nos besábamos si no había alcohol de por medio, pero me volví a desilusionar. Era el típico beso en la mejilla de despedida.
Me quedé en la terraza mientras escuchaba sus pasos irse y como cerraba la puerta.
Entonces recordé que no tenía nada de comer y fui a buscar el dinero en el cajón de siempre. Qué raro, ahí tenía más de 10€ y ahora solo quedaban monedillas.
Inspirado en One night de Ed Sheeran.