El vacío eterno de Cupido.
Cupido era un ángel hermoso, no llevaba pañales si no una seda vaporosa, su cabeza se coronaba con rizos dorados y su sonrisa superaba cualquier atardecer. Su mayor poder y diversión era enamorar a los mortales y dioses hasta el punto de enloquecerlos.
Lo hacía susurrando a unos y a otros lo que más deseaban oír y atribuía esas palabras a uno cualquiera con el que se obsesionaban irremediablemente.
¡Qué fácil es enamorar a los ingenuos! Unas dulces palabras son suficientes, afirmaba.
Una ninfa, víctima de aquella broma pesada, decidió poner fin a tal cruel pasatiempo. El plan era simple, el mismo procedimiento: ella le contaría a Cupido que una hermosa mortal imaginaria hablaba de él miles de maravillas.
¿Adivináis quién acabó creyéndose su propia broma, enamorándose de alguien que no existía?
¿Debo poner moraleja o ya la suponéis?
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