No suelo escribir sobre cosas alegres, pero a veces lo intento.
Cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia (o mala leche).

viernes, 29 de agosto de 2014

El vacío eterno de Cupido.
Cupido era un ángel hermoso, no llevaba pañales si no una seda vaporosa, su cabeza se coronaba con rizos dorados y su sonrisa superaba cualquier atardecer. Su mayor poder y diversión era enamorar a los mortales y dioses hasta el punto de enloquecerlos.
Lo hacía susurrando a unos y a otros lo que más deseaban oír y atribuía esas palabras a uno cualquiera con el que se obsesionaban irremediablemente.
¡Qué fácil es enamorar a los ingenuos! Unas dulces palabras son suficientes, afirmaba.
Una ninfa, víctima de aquella broma pesada, decidió poner fin a tal cruel pasatiempo. El plan era simple, el mismo procedimiento: ella le contaría a Cupido que una hermosa mortal imaginaria hablaba de él miles de maravillas.
¿Adivináis quién acabó creyéndose su propia broma, enamorándose de alguien que no existía?
¿Debo poner moraleja o ya la suponéis?

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