
El contagio se producía mediante un beso, un simple roce en los labios te volvía zombie al cabo de un par de semanas. ¿Podría ser eso una metáfora del amor? Quizás.
Volviendo al tema inicial, cuando se dio la voz de alarma en mi residencia universitaria, cundió el pánico. La gente huía a algún lugar o corrían como locos chocándose unos contra otros. Lo gracioso fue que, para evitar un contagio global, nos encerraron a todos en el edificio. Imaginaos la situación: cerca de 500 universitarios llenos de hormonas, granos e idioteces intentando sobrevivir a una masacre zombie.
Mi poco atractivo compañero (todo hay que decirlo) se comportaba bien, de hecho, al vivir con él no daba ningún problema, solo que de vez en cuando quería comerme. Pero era tan imbécil que podía correr en círculos y él nunca me alcanzaría. El resto del tiempo lo invertía jugando al ordenador. La verdad es que siendo zombie me dejaba estudiar mejor así que gracias virus, me salvaste de sus pesadas charlas sobre el LOL.
El problema vino cuando besó a la chica más guapa del lugar. Una rubia despampanante que se habría de piernas con la facilidad y frecuencia con la que uno parpadea. Eso sí fue un problema, la más salida era zombie, y seguro que más de uno deseaba que lo contagiaran.
Pero ella, inteligentemente, dándose cuenta de su problema, decidió que los contagiados se vistieran con sudadera roja y los zombies hambrientos, de negro. Así sabrías dónde te metías.
En la cafetería empezaron a llegar corazones y cerebros de cerdos, cosa que a los zombies les encantaba, así que no hubo ninguna baja (por lo menos ninguna importante).
Y así sobrevivíamos, humanos que de vez en cuando teníamos que huir de los besos para no ser contagiados, contagiados que esperaban el momento de ser zombies y zombies idiotas.
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