No suelo escribir sobre cosas alegres, pero a veces lo intento.
Cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia (o mala leche).

miércoles, 20 de abril de 2016

No existen los zombies.

Perderme en tus ojos fue más fácil que perderme en el aeropuerto, en aquella ciudad que visitamos, y que no encontrarme entre las sábanas de mi cama. Como olas blancas me engulleron, haciéndose enormes sin ti, mi barco, mi ancla en días de tempestad.
No te dedico más frases porque no quiero, no más lágrimas porque de deshidratación muero, no más gemidos en otros brazos porque ya no aportan nada.
Esta es una entrada triste, una anécdota difusa.
Un quejido,
soy yo pidiendo ayuda.
Pidiendo que vengas y me abraces.
Que me quieras.
Sin embargo, ¿ya de qué sirve? No se puede resucitar a un muerto.

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