No me considero una creyente al 100% del rollo del karma, pero sí es verdad que si haces cosas malas, de cierta forma, rebotan en ti. Lo mismo que con las cosas buenas.
Yendo al grano, este viernes,me sucedió algo que denominé karma instantáneo.
El día estaba nublado y habían caído cuatro gotillas, así que no llevaba paraguas. No lo veía necesario. Cuando estaba esperando a que me recogieran para volver a casa observé que detrás mía, encerrado en una especie de jardín rodeado de alambres, estaba un perro lloriqueando. Me acerqué. No sabría decir que raza era, pero era precioso, color dorado y sería capaz de matar por recibir alguna caricia. Lo toqué con dos dedos, ya que la verja hacía imposible mimarlo como se merecía. Morí de amor en cuanto me trajo una pelotita para que se la lanzara. Ahí estuve un rato, jugando con esa monada de animal cuando empezó a llover muchísimo. No había ningún sitio donde resguardarse, así que simplemente esperé mientras me mojaba.
Oí una voz. La verja estaba abierta. Un señor mayor, dueño del perro, me estaba ofreciendo un paraguas para hacer más amena mi espera. Lo cogí.
Al cabo de unos minutos llegó el coche. Dejé el paraguas enganchado a la verja y subí. Me quedé el resto del día con una sonrisa en la cara.
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