No suelo escribir sobre cosas alegres, pero a veces lo intento.
Cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia (o mala leche).

domingo, 16 de febrero de 2014

En el muelle.

Hacía una niebla tremenda, apenas podría ver cinco metros más allá de sus pies. Estaba en el muelle, sentada, balanceando las piernas en el vacío que la separaba del agua salada. Le dio una última calada a su cigarrillo y lo aplastó contra la madera mugrosa de aquel lugar. El cigarro expiró un hilillo de humo y murió.
Le gustaba ir de vez en cuando al puerto pesquero, ya casi abandonado, con aquel olor a pescado muerto. Aquel sitio no tenía nada de hermoso pero era el más tranquilo de la ciudad, y eso a ella le encantaba. Era idóneo para pensar y que los recuerdos te engulleran.
Se dejó atolondrar por ellos. Mejor dicho, por un solo recuerdo: el de su ex. No sabía que poner detrás de ese prefijo. ¿Novio? ¿Amigo? Pese a que sabía que no era bueno para ella pensar en el pasado, lo hizo. Se puso a rememorar el primer día que dejó de ser solo su amiga.
El sol brillaba, pero eso era raro en aquel pueblito costero. Los días así todo el mundo aprovechaba para ir a pasear, ponerse pantalón corto o, simplemente, tomar unas cervezas en una terraza. Ellos, sin embargo, decidieron ir a ese mismo lugar; al mugroso y apestoso puerto pesquero. Se sentaron en el muelle, acompañados por una botella de vodka. La marea era alta y eso les permitía mojarse los pies.
Hay que decir que ella era tímida, seca y borde; cabezota como ella sola y lo peor es que estaba enamorada de aquel chico sin sentimientos. Sabía de sobra que jamás intentaría nada con él a no ser que estuviera extremadamente borracha. Eso le sonaba triste pero nadie dijo que esta historia fuera perfecta.
Pasó apenas media hora y la botella ya iba por la mitad. Empezó a sentirse mareada y contempló en los ojos vidriosos del joven que él también estaba "contentillo". Apoyó su cabeza en el hombro del chico y guardaron silencio.
Pasó una hora, y él tenía la cabeza en el regazo de ella. La botella estaba tirada en el muelle, vacía. Ella rozaba los labios del muchacho con los dedos.
Pasó un cuarto de hora y se produjo el primer beso.
La ensoñación paró. Un escalofrío recorrió su menudo cuerpo. Encendió otro cigarro.
Esa relación duró apenas un mes, en el que hubo 18 polvos. Después, no sonaron más llamadas, no más mensajes. Todo se esfumó como el humo entre la niebla.
Se apresuró a terminarse el cancerígeno cilindro para marcharse a casa.
No imaginaba que, en ese mismo momento, ese chico, ese muchacho sin sentimientos iba en dirección a aquel mugroso y apestoso muelle a recordar lo feliz que fue con esa chica y lo estúpido que fue al abandonarla por sus propias inseguridades.

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