No suelo escribir sobre cosas alegres, pero a veces lo intento.Cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia (o mala leche).
lunes, 19 de mayo de 2014
Ensoñaciones
Cuando apenas llegaba a los nueve años, harta de que los libros que leía tuviesen un final que no me convenciera, decidí amoldarlos a mi gusto.
Así fue como nació mi entusiasmo al escribir. Primero empecé por dibujar comics, de forma que mejoré bastante en clase de plástica, sobretodo a la hora de dibujar personas. Con el tiempo y un nuevo callo en el dedo, me dediqué plenamente a escribir mirando una pantalla. Aprendí a mecanografiar y a redactar sin faltas, por lo que los exámenes de lengua los bordaba. Al ver mis escritos tan sosos, llenos de letras, se me ocurrió dibujar ciertas escenas con Paint o PhotoShop. No cabe mencionar que tanta práctica me sirvió de mucho (y actualmente me sirve).
A la hora de terminar un capítulo, lo leía mil veces, y si veía algo mal expresado, lo retocaba hasta que estuviese a mi gusto. Con lo que dejé de repetir palabras en mis redacciones y descubrí otras nuevas. Mis notas subieron.
No era de extrañar que por aquella época me diera por dedicarme a ello en un futuro, pero se pasa mucha hambre y los buenos son muy buenos. No hay espacio para amateurs adolescentes con pavo como yo.
Supongo que no puedo negar que la narrativa me ha ayudado mucho a ser quién soy, aparte de enseñarme cómo vivir y a observar y analizar los diferentes puntos de vista de una misma situación. ¡Qué poético todo!
Cuando cumplí doce años, dejé de escribir. No recuerdo exactamente por qué; tal vez fuera porque pensaba que era inmaduro o me centraba en otras cosas.
Pero nadie puede huir de su pasado, ni tampoco de una adicción que te recorre la piel. Las teclas de mi ordenador funcionan como las de un piano, creando mi música particular que ahora he decidido compartir en Internet.
Bueno, ya sabéis algo más de mí.
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