Miraba su sonrisa como un niño que ve por primera vez el mar.
Me recreaba observando sus delicadas manos cogiendo su libro preferido, con los ojos enterrados en él y con la mente volando hacia no sé dónde.
Es increíble como solo una persona puede hacerte sentir tan único y poderoso, feliz y frágil.
Solo con un cruce de miradas fue suficiente para saber que era ella; con su pelo rubio cayendo por sus hombros y su risa fácil que precedía a un roce de labios. En esos momentos tenía (y tengo) la certeza de que las mariposas pueden vivir dentro de mi estómago al saber que al llegar a casa, ella estará, con su café en la mesa y los ojos enterrados en su libro favorito.
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