No suelo escribir sobre cosas alegres, pero a veces lo intento.
Cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia (o mala leche).

lunes, 17 de marzo de 2014

¿Orgullosa de ser española?

No, no lo estoy.
No es que no me gusten sus tradiciones, su gente o sus paisajes.
Adoro las tardes cálidas de verano, la simpatía, el frío del Norte y todos y cada uno de sus acentos.

Lo que sucede es que no me gusta que la asignatura de religión valga lo mismo que la de matemáticas; que si opino que los catalanes separatistas deben luchar por lo que creen, me llamen idiota; no me gusta que haya estamentos intocables, que el dinero valga más que la palabra y que las altas esferas no escuchen al pueblo.
Lo detesto, me indigna.

Pensar que hay casas vacías y gente en la calle, que ciertas personas roban para sobrevivir y otras para envolverse en billetes.

Y lo peor, lo que no soporto, es que haya gente a la que no le importe.
Por eso, "solo" por eso, no me gusta ser española.

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