No suelo escribir sobre cosas alegres, pero a veces lo intento.
Cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia (o mala leche).

lunes, 31 de marzo de 2014

Teenagers

El ingenuo de Marco había ido a la Biblioteca Universitaria para estudiar. Digo ingenuo porque ese recinto, más que un lugar de estudio, es un sitio para ligar; sin embargo, por cabezonería y Wi-Fi lento, decidió entrar por primera vez.
Pasó dos horas concentrado en su trabajo hasta que su mirada se desvió a la silla de enfrente. Había una chica, de pelo más bien rubio, con un portátil y auriculares. Movía la cabeza al ritmo de alguna canción mientras tecleaba frenéticamente.
Nadie cree en el amor a primera vista, ¿no? Pues Marco sí. Sintió unas enormes ganas de hablarle, saber su nombre, su historia. Aquellos ojos dorados le hipnotizaron sin dirigirle ninguna mirada.
A partir de ese momento se le hizo imposible proseguir en sus tareas. Observaba cada movimiento, cada sonrisa, cada curva de su pelo... Hasta que ella se dio cuenta. Al principio se sintió intimidada; no le gustaba sentirse espiada pero ese chico tenía un cierto encanto. Sobretodo cuando pintaba sus mejillas de rojo cuando se cruzaban sus ojos.
Pasó el resto de la tarde y ninguno habló al otro. Marco fue el primero en abandonar la mesa.
A la chica, Elisa, le cubrió una extraña sensación de decepción.
Llegó a su casa con esa misma impresión. 
¿Por qué no me ha hablado? ¿Tan fea soy? Es decir, ¿me miraba porque se reía de mí?
La decepción fue transformándose en inseguridad, y la inseguridad desembocó en una obsesión con su físico en apenas una hora.
Elisa llevaba casi un año sin pareja y culpaba a su cuerpo. Puede que Marco, sin saberlo, fuera la gota que colmó el vaso. Se fue a la cama sin cenar.
Transcurrieron los días, en los que Marco iba a la Biblioteca con la esperanza de ver a aquella chica de pelo dorado, pero ella nunca aparecía.
Un tranquilo miércoles en el que él iba a perder toda esperanza, vio entrar por la puerta una melena rubia, pero no la que él recordaba. Estaba apagada, sin fuerza ni brillo. Miró el resto del cuerpo. La piel era pálida, con un tono amarillento, huesuda, triste. Andaba con un portátil que él conocía bien, pero parecía gigante entre esas manos tan esqueléticas. Observó sus ojos, dorados, apagados, con ojeras.
Ese esqueleto viviente le sonrió, parecía más bien una mueca.
Marco no podía reaccionar aunque había soñado con ese momento desde aquel día en el que el Wi-Fi había ido mal.

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