No suelo escribir sobre cosas alegres, pero a veces lo intento.
Cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia (o mala leche).

domingo, 20 de abril de 2014

Adicciones

Desde pequeños siempre nos advierten de lo malas que son las drogas, el alcohol, las "chuches" que nos dan los desconocidos y nos ponen ejemplos de muertes por ellas. Pero en mi caso se olvidaron de la más adictiva droga que puedo haber visto en mi vida: su sonrisa. Y lo peor, muero por ella.
Si veo que sus labios se apagan, curvando las comisuras hacia abajo, una horrible ansiedad me absorbe, quemándome las entrañas. Y si me dice que no quiere verme porque está mal; lloro, sin tregua, una o dos noches seguidas, dependiendo de cuanto me castigue.
Lo peor es cuando empezamos riendo para acabar chillándonos. Algo en mi interior se bloquea.
¿Qué he hecho mal?
Sus palabras se me clavan, me duelen, me desangran y me desarman; estoy desnuda ante sus ojos.
Y esa mirada, la de "es por tu culpa". Me dan ganas de tirarme al vacío.


Pero luego, esas veces que sonríe, oh, Dios. Es grandioso. Como una ráfaga de oxígeno entre el humo, un guiño de esperanza. No, no es eso. Es mejor. Es un orgasmo. Puede que más gratificante.

Aunque hace tiempo que algo va mal. Al principio pensaba que mis amigos, advirtiéndome de lo adicta que era a él, nos tenían envidia. Parecía como si nos quisieran separar, diciéndome que él era mala persona.
¡Qué idiotas!, pensaba y los abandonaba.
No los necesitas, me animaba él.
Y lo creí.
Con el tiempo ese tema me trajo muchas discusiones y alguna lágrima, pero no tantas como cuando me faltaba su mirada. Los amigos se fueron marchando, con gran pesar, me abandonaban dándome por perdida. Las adicciones nunca fueron buenas; ni siquiera cuando crees que solo te hacen bien.
Me di cuenta de mi situación cuando mi madre me preguntó por mis amigos y le dije que ya no me hablaba con ellos. Estaba sola.
Le conté a él cómo me sentía y su reacción fue tan indiferente que me quebró. Solo una mueca, una mirada hacia el suelo y un susurrado bah. Eso fue todo.
Aquella noche lloré, no porque no había sonreído, no porque hubiéramos discutido, sino porque era adicta y acababa de descubrirlo.

Lo peor es, sin duda, que de eso hace ya varios meses y que sigo necesitando esas carcajadas que me da a cambio de cada pedacito de mi alma.
Basado en una historia real.

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