Érase una vez unas converse blancas de la talla 38.
Esas converse habían paseado en las manos de su dueña por largos caminos a través de la arena de la playa, se habían tropezado en miles de escalones e incluso alguna vez habían pisado algún que otro excremento. Habían caminado y corrido por tantos suelos como suspiros de amor existen. Bailaron por 40 discotecas y cruzaron campos donde las plantas llegaban hasta las rodillas.
Sus suelas probaron las calles de Lyon, Roma, Florencia, Madrid, Segovia, Málaga, Sevilla, Londres y otras tantas ciudades. Se ensuciaron de barro y lluvia, e incluso se pusieron de puntillas para probar los labios de un chico.
Y ahora, esos zapatos desgastados se alejan de ese muchacho, con paso tembloroso, sabiendo que deja atrás la historia de amor más bonita jamás contada.
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