No suelo escribir sobre cosas alegres, pero a veces lo intento.
Cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia (o mala leche).

miércoles, 22 de abril de 2015

Las converse blancas

Érase una vez unas converse blancas de la talla 38.
Esas converse habían paseado en las manos de su dueña por largos caminos a través de la arena de la playa, se habían tropezado en miles de escalones e incluso alguna vez habían pisado algún que otro excremento. Habían caminado y corrido por tantos suelos como suspiros de amor existen. Bailaron por 40 discotecas y cruzaron campos donde las plantas llegaban hasta las rodillas.


Sus suelas probaron las calles de Lyon, Roma, Florencia, Madrid, Segovia, Málaga, Sevilla, Londres y otras tantas ciudades. Se ensuciaron de barro y lluvia, e incluso se pusieron de puntillas para probar los labios de un chico.
Y ahora, esos zapatos desgastados se alejan de ese muchacho, con paso tembloroso, sabiendo que deja atrás la historia de amor más bonita jamás contada.

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