Los recuerdos (habidos y por haber, tuyos y míos, privados y públicos).
A veces, cuando estoy en la cama con la mirada puesta en la ventana y en las escasas estrellas que veo desde la ciudad, me llega un recuerdo. Similar a un rayo, viene y se va, pero deja su estruendo, su eco y un escalofrío en mis articulaciones.El recuerdo en sí puede ser de esos que te sonrojan o de aquellos que te producen morriña.
Aparecen en el momento menos indicado y son suficientes para hacerte llorar o reír. Sin embargo, no hay que olvidar que son ideas, simples imágenes en nuestro cerebro que se almacenan. No son nada, y posiblemente la mayoría se pierdan como la arena en el mar. Tal vez muchos los transformemos, pensando que han ocurrido de una forma diferente de la que en realidad fueron. Repito, no son nada.
Simples. ¡Qué gran mentira! Los recuerdos nos corrompen y recomponen en un tiempo récord. Ira, fuego, lluvia, besos. Solo ideas, solo imágenes que se mueven por nuestro cuerpo para hacernos sentirnos en lo más alto o en la miseria más absoluta.
Recuerdos.

Ahora que estamos a solas, mírame a la cara y dime que solo soy un recuerdo, uno bonito. O tal vez uno horrible. Da igual, con saber que me muevo por tu cabeza por las noches en las que no puedes dormir mirando las escasas estrellas de la ciudad, me vale.
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