A los veinte minutos estaba esperándola en la puerta del modesto edificio donde vivía. Sin pensárselo dos veces, la chica se metió en el coche blanco, en el asiento del copiloto. No hubo más saludo que una sonrisa y se pusieron en marcha, para huir de esas oscuras calles. Pasaron los minutos en silencio, escuchando el sonido de las ruedas en el asfalto.
_ ¿Quieres poner la música de tu móvil en la radio? _ él rompió el hielo.
_ No, prefiero escuchar la que tú tienes. _respondió encogiendo los hombros.
Conectó el cable USB del aparato de música con el teléfono del muchacho y le dio a reproducción aleatoria.
Durante el siguiente cuarto de hora estuvieron cantando a pleno pulmón, viendo como la ciudad se hacía pequeña a sus espaldas.
_ ¿Por qué quieres huir? _volvió a hablar el chico.
Ella guardó silencio durante unos minutos, pensando la mejor respuesta posible.
_ En esta ciudad me ahogo. No es la gente, ni los paisajes, ni las calles, ni los árboles. Es una sensación, como de un órgano mal trasplantado. Como si la ciudad entera gritase que este no es mi sitio. Que eres tú, que es mi momento; pero el lugar equivocado._ ¿Cómo si la ciudad te exiliase?
_ Sí, soy una exiliada..._ murmuró bajando la mirada.
_ Conozco esa sensación. _respondió él, apretando sus manos contra el volante.
_ ¿Somos unos exiliados? _lo miró, buscando apoyo en sus ojos, con un grito de socorro escondido.
_ Somos unos renegados.
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