Viajaba por el mundo en busca de algo o alguien del que pudiese percibir algo especial y cambiase su mente. Hizo fotos al atardecer, al amanecer, a mediodía y a medianoche, cambiando la luz, el aire, la vegetación pero aún le faltaba algo. Magia.
Desayunando en una cafetería de barrio en Eksjö, un escalofrío le recorrió. Al principio no sabía la razón de tal sentimiento, lo achacó al frío del exterior; y, con exasperación, la buscó por todo el local. No le costó más de tres segundos darse cuenta de lo que le había llamado la atención de forma subconsciente: eran unos ojos. Eran negros, como nunca antes había visto, y más brillantes que un diamante. Residían en una cara pálida, suave, como de marfil; coronada por una melena negra que se acomodaba por la espalda de una chica preciosa en forma de trenza de espiga. No pudo evitarlo, sacó su cámara de la funda y la fotografió.
Luego, con vergüenza y temor, se acercó a ella y le enseñó la foto en la pantalla luminosa. La primera reacción que atravesó sus ojos fue de miedo, pero al verse a sí misma a través de los ojos del muchacho no pudo evitar sonreír.
Él la había convertido en arte, en algo bohemio, duradero; en belleza a través de una simple foto.Basado en hechos reales.
Las mejores fotos son las que no te esperas, las que solo captan la esencia del momento.
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