"No tenía tacto para aquello.
_Quédate_ le dije, pero me temo que el tono de mis palabras era frío, más
apropiado para una despedida que para un grito de auxilio. Me aclaré la voz: _Quédate, por favor.
Y aquella vez sonó distinto y le brillaron los ojos durante un segundo, lo recuerdo. Lo recuerdo muy bien.
Cerré fuertemente las manos, quería saber qué pasaría a continuación, pero no quería preguntárselo. Me quedé lo más quieto que pude, mirándola, en aquel silencio en el que sólo sonaban nuestros apresurados latidos y nuestras respiraciones.
Pasaron minutos y años en aquel momento.
Se nos acabó el orgullo, porque ya era demasiado tarde, y cuando es demasiado tarde ya no puedes perder nada, puedes ganarlo todo, y eso es bonito.
Empezó a acercarse poco a poco, apenas sin moverse y yo abrí mucho los ojos. La miré, herido, a ella le gustaba jugar, sin duda. "¿Qué haces, hija de puta?", pensé.
"¿Qué haces provocando a altas horas de la madrugada?
¿Qué haces desgarrándome la indiferencia y la distancia de emergencia?
¿Qué haces desabrochándome el pantalón?"
Cuando iba a reprochar su juego sucio, su dedo índice me detuvo, ahí, apoyándose en mis labios, callándome, haciéndome desistir por completo. Había perdido y ella lo sabía, quizá por eso medio sonreía cuando le dije que se marchara. Cuando le supliqué que se fuera. Me delataban los ojos, todo sonaba a mentira.
En aquel momento, demasiado tarde para cualquier cosa, solo quería que se quedase a mi lado, para siempre, o al menos con esa misma pasión, como si realmente fuésemos a salvarnos mutuamente.
Y, nada más, aquella noche comprobé que hacer el amor cansa muchísimo más que follar."
No suelo escribir sobre cosas alegres, pero a veces lo intento.Cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia (o mala leche).
domingo, 22 de septiembre de 2013
Hacer el amor cansa mucho más que follar
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario