No suelo escribir sobre cosas alegres, pero a veces lo intento.
Cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia (o mala leche).

domingo, 22 de septiembre de 2013

Hacer el amor cansa mucho más que follar

"No tenía tacto para aquello.
_Quédate_ le dije, pero me temo que el tono de mis palabras era frío, más
apropiado para una despedida que para un grito de auxilio. Me aclaré la voz: _Quédate, por favor.
Y aquella vez sonó distinto y le brillaron los ojos durante un segundo, lo recuerdo. Lo recuerdo muy bien.
Cerré fuertemente las manos, quería saber qué pasaría a continuación, pero no quería preguntárselo. Me quedé lo más quieto que pude, mirándola, en aquel silencio en el que sólo sonaban nuestros apresurados latidos y nuestras respiraciones.
Pasaron minutos y años en aquel momento.
Se nos acabó el orgullo, porque ya era demasiado tarde, y cuando es demasiado tarde ya no puedes perder nada, puedes ganarlo todo, y eso es bonito.
Empezó a acercarse poco a poco, apenas sin moverse y yo abrí mucho los ojos. La miré, herido, a ella le gustaba jugar, sin duda. "¿Qué haces, hija de puta?", pensé.
"¿Qué haces provocando a altas horas de la madrugada? 
¿Qué haces desgarrándome la indiferencia y la distancia de emergencia? 
¿Qué haces desabrochándome el pantalón?"
Cuando iba a reprochar su juego sucio, su dedo índice me detuvo, ahí, apoyándose en mis labios, callándome, haciéndome desistir por completo. Había perdido y ella lo sabía, quizá por eso medio sonreía cuando le dije que se marchara. Cuando le supliqué que se fuera. Me delataban los ojos, todo sonaba a mentira.
En aquel momento, demasiado tarde para cualquier cosa, solo quería que se quedase a mi lado, para siempre, o al menos con esa misma pasión, como si realmente fuésemos a salvarnos mutuamente.
Y, nada más, aquella noche comprobé que hacer el amor cansa muchísimo más que follar."

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