Ella estaba bailando en el centro de la pista con un vestido rojo que mostraba su espalda y acentuaba sus curvas.
Desde mi asiento, con mis colegas, podía ver (y desear) su movimiento de caderas al son de alguna canción que estaba ignorando. Entre empujones me animaron a hablar con ella pero ¿qué podría decirle? Cuando me armé de valor, ya no estaba, se había esfumado. Empecé a andar por la discoteca buscando su rojo de labios y,poco a poco, perdí la esperanza.
De pronto, pasó por mi lado,como si un juego del destino se tratara, con sus amigas, charlando. Fue un acto reflejo, sin razón alguna me acerqué soltándole un "hola" que fue correspondido con una de las sonrisas más bonitas que he visto.
Salimos fuera del local a hablar, fumar y beber. No intenté nada, solo me quede hipnotizado por su voz, su acento y sus ojos. Todo fluía como nunca lo había hecho con nadie, entre risas hasta que ella me besó. Deslizaba sus manos por mi pelo mientras yo la agarraba por la cintura. Ojalá pudiese haber parado ese instante.
Pasamos el resto de la noche bailando, besándonos y riendo; como si nos conociéramos de siempre y como si aquella fiesta fuera la última de nuestra vida.
Pero como todas las cosas buenas, duran y saben a poco. Ella se fue a su casa, dejándome solo con su ausencia y el arrepentimiento de no haberle dado mi número de teléfono.
No hay comentarios:
Publicar un comentario