No suelo escribir sobre cosas alegres, pero a veces lo intento.
Cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia (o mala leche).

martes, 13 de enero de 2015

Cuento de Ro

AMOR DEPRESIÓN CHICO BESO ODIO

Hoy me levanté (por primera vez en mucho tiempo) segura de mí misma y con la certeza de que tenía que cambiar. No podía seguir siendo un caparazón cerrado si quería tener pareja, no podría hacerlo sufrir de esa manera. Tal vez sea mi miedo a ser demasiado poca cosa para él, el único que me entiende y desgasta su paciencia, que no es poca, conmigo. O puede ser que nunca haya creído en el amor, por ser efímero, pasajero y puede que hasta una farsa.
Hace tres días me dio un ultimátum: si de verdad me quieres, necesito saber que te jugarías el cuello por mí. Esas palabras resonaban en mi cerebro cada noche, un eco que no me dejaba dormir. Ese chico valía demasiado para perderlo, necesitaba que estuviera a mi lado.
Frente al espejo de pie me mentalicé y procuré escoger ropa que le gustara. Sabía que era una idiotez, pero quería que viese que me iba a dejar la piel en esto.
Escribí una carta de disculpa por haber sido siempre tan fría y cogí una foto nuestra. Con la mejor caligrafía que pude escribí en el dorso: por esto merece la pena luchar; y lo metí todo en un sobre, listo para que él lo recibiese.
Pocos saben lo que me costó plasmar mis sentimientos en el papel.
Tras respirar profundamente salí en dirección a su casa. Él no sabía nada y quería jugar con el factor sorpresa que seguro que le encantaría.
En esos quince minutos desde mi casa a la suya fui repasando mentalmente todo lo que quería decirle.
Sabes que te quiero. Somos una pareja. Creo en el amor y sobretodo creo en ti.

Ensimismada en mi discurso, vi a lo lejos su figura, en el parque que estaba abajo de su piso. Podría reconocerlo a millas de distancia, sin embargo él, al no llevar gafas y tenerle pavor a las lentillas, seguramente no podría reconocerme. Feliz, aceleré el paso, pero me di cuenta de que no estaba solo. Parece que discutía con una chica, pero no una cualquiera, la más guapa que había visto. Un escalofrío me recorrió entera, supongo que fueron los celos, y ralenticé el paso.
A pesar de estar en la cera de enfrente, ninguno se dio cuenta de mi posición y preferí no intervenir y observar desde mi anonimato.
Parecían agotados de discutir. Ella hizo un amago de irse y él la retuvo, abrazándola. Tras uno de los abrazos más conmovedores que he visto, juntaron sus frentes y cerraron los ojos. Yo no podía seguir sin hacer nada, ¿quién era ella? ¿Por qué estaban tan unidos? ¿Se iban a besar?
Envuelta en rabia, atravesé los metros necesarios para llegar a donde estaban ellos y, sin mediar palabra, estrellé la carta que tanto me había costado escribir en el pecho de la única persona que me había llegado a importar de verdad y me fui. A los pocos metros de haberlo dejado atrás, asimilando mi extraña puesta en escena, las lágrimas corrieron libres por mi cara.
Llegué a casa y me encerré en mi cuarto. No eché de menos comer, ni dormir, ni quiera que me diese en aire en la cara. Durante los días siguientes recibí miles de llamadas perdidas, mensajes y cartas al buzón. No tenía fuerza para abrirlas. Me sentía traicionada y débil. Allí, en la soledad de mi cuarto, supe que del amor al odio no hay ni un paso.
Tras una semana de incesantes llamadas, decidí responder al teléfono y él me convenció para quedar en el mismo parque donde mi corazón se rompió en cachitos.
Cuando llegué, él ya estaba sentado en el mismo banco, moviendo las manos como hacía siempre que estaba nervioso.
_Hola. _dijo tembloroso.
_Hola._ respondí secantemente.
Me explicó, sin apenas mirarme, que esa chica a la que vi era su prima, me enseñó pruebas y me sentí patética al haber armado todo ese follón. Me avergonzaba tantísimo de mí en ese momento que querría haber escondido mi cabeza bajo tierra.
_ Leí tu carta. _continuó._ y sé que quieres intentarlo. Pero has desconfiado de lo nuestro, hemos estado más de una semana sin hablarnos porque no querías que te lo explicase. Parecía que buscabas una razón para que lo dejásemos.
Tragué saliva.
_ Supongo que esto es un adiós. ¿No? _temía que la respuesta fuese afirmativa.
_ Solo si tú quieres que lo sea.
Se hizo el silencio y nos miramos. Como siempre, al perderme en sus ojos sentí vértigo, una sensación que nunca querría perder.
_ Creo que en el amor soy imbécil. _le susurré a través de una sonrisa. _Lo siento y prometo que me jugaré el cuello por ti a partir de hoy y todos los días que nos queden.
_ Todos somos imbéciles, y más si nos enamoramos.

Y de esa forma, asegurando nuestras ganas de seguir a pesar de ser muy idiotas, sellamos nuestro compromiso con un beso.

Palabras de @bebiend0te

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