Recordé, sin querer, como era el tacto de tu piel y sin duda aún te llevo en vena.
Aún pienso en el día en el te dije que me iba y que era nuestra última tarde juntos. Y en como me miraste aquella vez. De esa forma tan peculiar tuya, de esa forma que te hiela la sangre.
Es invierno, el sol ya no nos quema.
Y añoro escuchar tu voz, aunque posiblemente separarnos fuera lo mejor que podríamos haber hecho.
El verano se acabó, pero el tiempo vivido mereció la pena -jamás lo negaré-; pese a que nunca te conté que sentía lo nuestro incluso más que tú aunque no lo demostrara. Pero todo lo que te dije, absolutamente todo, era cierto: mis miedos, el destrozo que había sentido.
Duele que por poder rozarte una vez más me arruine la vida.
Duele, intenso, tanto que te has quedado a vivir en mi pensamiento.

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