Los que mejor me conocen lo saben.
Odio las ñoñerías y las idioteces de
enamorados, con sus palabras cursis y mierdas variadas; eso de no
poder vivir el uno sin el otro en un mundo
comercial en el que las rosas se regalan por docenas, y nestlé se
hace de oro por estafar con una caja roja con forma de corazón.
Si alguien me decía te quiero, mis
reacciones era tan variadas como patéticas.
Cuando era más pequeña optaba por
ponerme color tomate, mirar al suelo y sonreír.
Con los años y la supuesta madurez que
llega con ellos, aprendes que no todos los "te quiero" son
de verdad y que los más reales son aquellos que recibes de quien menos
esperas, de los únicos que no lo dicen así como así. Aún recuerdo
ese al que respondí: ¡Sí hombre! ¡Los
cojones!; y me quedé tan pancha, pese a que él me jurara que me
estaba diciendo la verdad, que realmente me quería (nunca lo supe).
En definitiva, ¿por
qué se dicen esas dos palabras con tanta frecuencia, si de verdad no
se sienten? ¿Acaso no se merecen expresarse o decirse en un sitio
especial a alguien realmente especial? ¿Por qué se desprecian?
Hasta que un día, en plena diarrea
mental, caí en la cuenta de que yo no había dicho suficientes te
quiero a las personas que ya no iban a estar a mi lado. Desde
entonces, cuando lo siento, lo digo.
Es raro. Me siento sincera en un
mundo de malos actores.

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