No suelo escribir sobre cosas alegres, pero a veces lo intento.
Cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia (o mala leche).

domingo, 17 de noviembre de 2013

Daría todo lo que fuera.
Siempre me pasa que, en algún momento del día, algún que otro recuerdo me absorbe. Y lo hace de tal forma que parece que estoy ahí, viviéndolo de nuevo. Debería sentirme feliz por ello, pero no es así.
Recordar a veces es genial, pero otras veces es una mierda.
Esta mañana, sin ir más lejos, me acordé de ella. De ella y todo lo feliz que consiguió hacerme en apenas unas horas de su compañía. Su sonrisa llenaba la habitación y sus locuras me llenaban a mí.
Éramos tal para cual. O eso pensaba. O eso parecía.
Nunca discutíamos, todo era perfecto, tenía a alguien en quien confiar, a quien recurrir cuando estaba mal... Era mi apoyo.
Pero un día la vi llorar en plena fiesta en la playa. Intentaba disimularlo pero, ¡qué coño!, yo la conocía. Sabía cuando algo no funcionaba.
Le pregunté qué sucedía. Me miró, con esa cara de cachorrillo abandonado que pone y no dijo nada. Solo se apoyó en mí y me manchó la camiseta de lágrimas. Solo pude abrazarla.
_Me voy del país. _susurró.
Me quedé en shock. ¿Cómo podía imaginarme yo tal cosa? No supe que decirle ni le hablé más del tema.
Los días siguientes estaba más animada, pero no como antes.
Cuando ella se marchó, descubrí que era por su padre. Era alcohólico y su centro de desintoxicación estaba en otras fronteras.
No supe más nada de ella.
Solo recuerdo y recordaré siempre, que ella era de hierro, la persona más fuerte que vi a mi lado.

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