Noa no podía soportarlo. La mujer que amaba había caído en la enfermedad del olvido. No recordaba nada, ni sus hijos, ni a él.
Pero solo quería que ella volviera a ser la chica de la que se enamoró hace más de cincuenta años e intentaba contarle sus anécdotas de jóvenes para que no las eliminara de su mente del todo.
La historia que más le gustaba a Ali era la de como se conocieron: él necesitaba una cuerda (sí, una patética cuerda) para ayudar a su padre en el trabajo de una obra y fue casa por casa pidiéndola, hasta que llegó a la de Ali. Ella le abrió la puerta y, zas, amor a primera vista.
Con el tiempo, el Alzheimer empezó a cambiar sus vidas. Ella se convirtió en una especie de mueble, apenas podía mantener una conversación y a él le mataba eso. La vida de Noa, poco a poco, se iba basando en cuidarla, en malcriarla, en volverla un objeto. Ali aún tenía capacidades pero él, por miedo a algo que aún desconozco, no le dejaba hacer nada.Nosotros veíamos como ella se volvía más inútil por culpa de Noa. Sabemos que no lo estaba haciendo con mala intención, pero no escuchaba nuestros consejos. De cierta forma pensaba que su forma de cuidarla era la correcta aunque solo fueran errores.
Cuando íbamos a verles, Noa nos contaba que si no fuera por Ali, él se habría suicidado. Su única preocupación era cuidarla de aquella mala manera y chillándonos si no lo hacíamos como él quería. Lo vimos llorar, suplicar que ella volviera a ser ella y quejándose de no ser más fuerte o más jóven para estar más pendiente de su verdadero amor.
Sus vidas habían pasado de ser un cuento de hadas romántico a una espera continua de la ansiada muerte que no llegaba.
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