Nadie le había roto el corazón así. ¿O era él el que se lo había destrozado a ella?
Su relación nunca fue fácil, las discusiones eran el pan de cada día, inevitables, como que se le acelerara el corazón cuando sus ojos se encontraban.
También había un pequeño factor que les dificultaban las cosas: los padres de ella. Ni siquiera le dieron opción a presentarse, lo odiaron desde el mismo día que supieron que estaban juntos.
¿Qué podían hacer entonces? Ni juntos ni separados eran felices.
Habían planeado su futuro, pensaban luchar contra viento y marea porque eso valía la pena.
Pero no lo hicieron. Decidieron ir por caminos separados.
Esa misma tarde nostálgica, él fue a su casa. Había apostado tanto por esa chica que no iba a tirarlo todo por la borda sin pelear una vez más.
Ella estaba en pijama, pero tan hermosa como siempre. Le pidió una segunda oportunidad y la reacción que recibió a cambio fue totalmente inesperada: ella le dijo que sí y se le echó a los brazos, casi llorando.
El amor era palpable.Él fue presentado ante sus padres y ellos cambiaron de idea; era un buen hombre, no tenían por qué desconfiar.
Los meses pasaron, pero el tiempo no amainó sus temperamentos. Volvieron las discusiones y el dolor que producían, las noches de llantos y una convivencia insoportable.
Los padres de ella volvieron a no fiarse de él al ver que su pequeña sufría como nunca.
Su única opción era romper, otra vez.
Moraleja: si al empeñarnos en cuidar algo con toda nuestra alma, le hacemos daño; lo mejor es dejarlo ir.

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