Volvió
a admirar su cara dormida entre almohadas y esa curvita tan dulce que
hacía su mejilla al rozarlas.
Le
quitó un mechón de pelo dorado de la frente.
Realmente
la amaba.
Adoraba cada contoneo al andar por la calle y el remolino que formaba su cabello al girarse de golpe.
Bendecía sus hoyuelos y sus carcajadas, su tonterías y sus chistes malos.
Le conquistó su forma de dormir, de hablar e incluso de respirar.
Dedicaba sus segundos a llenar los de ella.
Se enamoró de sus cabreos, de sus decepciones y de sus sueños.
Era feliz con su simple pestañeo.
Gimió con ella aquella primera vez, y todas las siguientes.
Se sintió herido por sus insultos,
indignado por su cabezonería,
jodido por sus miedos...
Lamentó cada día separados.
Mintió cuando no quería hacerle daño.
Navegaba por las curvas de sus labios.
Oprimió sus pesadillas para no asustarla.
Peleó por ella desde el principio hasta el final.
Quería ser dueño de aquellos suspiros, de sus pensamientos y de las noches en vela.
Respondía a cada llamada, daba igual el momento.
Nunca sospechó de ella, la confianza era ciega.
La tenía siempre en la mente, su amiga, su compañera, su alma gemela.
Vaciló cuando ella le tomaba el pelo y se embobó mirando la curvatura de sus comisuras.
Y la amó, y la amará...
Con
cada puta letra del abecedario.

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