En aquella oscura habitación, donde solo entraban unos dulces rayos de mediodía a través de la persiana, ella confesó su secreto más oculto: el por qué de llevar siempre camisetas largas, el miedo a enseñar la piel, la razón por la que dice tener un gato un poco arisco con uñas demasiado largas.
A través de esos dulces rayos, se levantó las mangas de su camiseta negra dejando al descubierto sus brazos y, con ellos, sus cicatrices.
Las lágrimas recorrieron sus mejillas rojas de vergüenza. Miles de pequeñas rajas adornaban sus antebrazos y, cada una, representaba una decepción.
Los ojos del interlocutor se abrieron como platos, no podía imaginar que ella hubiera sufrido tanto.
Con cuidado, tomó sus muñecas entre sus manos y las acercó a sus cálidos labios, sellando esas heridas para siempre con un beso. Cálidos y dulces como rayos del mediodía.
No hay comentarios:
Publicar un comentario