No suelo escribir sobre cosas alegres, pero a veces lo intento.
Cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia (o mala leche).

domingo, 14 de diciembre de 2014

Cuento de Ro

PAÑUELO ENCHUFE HIELO PARAGUAS BARBA

Escuchaba gotas suicidas estrellarse contra la ventana a la vez que sonaba la radio. Ni siquiera estaba prestando atención a la música, pero la casa se quedó tan vacía desde que él se fue que necesitaba poner sonidos de fondo. Dios, lo echaba tanto de menos, sus tonterías, sus juegos, las noches de series y películas, las cosquillas de su barba por mi cuello... Había dejado un vacío tan grande en mi vida y en mi cama que no paraba de torturarme. ¿Qué había hecho mal para que se fuera de esta manera? Algunas veces seguía haciendo comida para dos y saludaba al aire cuando volvía a casa del trabajo.
No era consciente de cuantas cajas de pañuelos había vaciado ya por las noches, solo sabía que dormía rodeada de ellos.
Pero ya estaba harta de vivir ahogada y sin ganas, era hora de cambiar y salir a la calle por primera vez en tres semanas. Quité el cable de la radio del enchufe con rabia contenida y me dispuse a ponerme en marcha.
Me puse el abrigo y el gorro que tanto me gustaba (el que precisamente me regaló él), el paraguas y salí a la calle.
El aire frío azotaba mi pálida cara salpicado por gotitas congeladas. Dejé que el frío me absorbiera.
Fui andando hasta el río, cuyas aguas se estaban convirtiendo en hielo. Todo cambiaba, era el momento en el que yo también debía hacerlo. Suspiré vaho al aire.

Pueden destrozarte y verte arder sin sentir la más mínima piedad por ti; pero debes saber que después de las cenizas hay vida.

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