No suelo escribir sobre cosas alegres, pero a veces lo intento.
Cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia (o mala leche).

martes, 2 de diciembre de 2014

Otro día más de mierda

Como cada día desde que ella se fue, me levanto tarde, con los ojos hinchados de llorar y ojeras por las noches en vela. Me preparo el desayuno sin hambre y sin ganas, mientras, mi madre me pregunta, como cada día desde que ella se fue, si he dormido bien. Como siempre, digo que sí aunque sabe que no es verdad.
Tras llenar un poco mi estómago sin mariposas, me tumbo en mi cama. Tengo mil Whatsapp de chicas preciosas diciéndome que quieren verme pero no me importa. Ninguna es ella.
Se fue hace ya un mes y siento que cada mañana vendrá a mi puerta y podremos ser felices de nuevo, pero sé que tengo que hacerme a la idea de que eso no va a suceder. Me siento tan vacío e inútil que no tengo motivación alguna. Ella era la que me hacía sentirme feliz por las mañanas, trabajar con ganas para poder llenarla de regalos y, ella, me respondía con besos y abrazos. Para mí eso era todo, mi oxígeno. Pero se fue, dejándome sin aire, sin felicidad, sin ganas, sin trabajo y, lo peor, sin sus besos y sus abrazos.
Cada día desde que ella se fue, me pregunto si debería intentar recuperarla pero recuerdo su despedida en la que me suplicó que rehiciera mi vida sin su sonrisa. Y cada noche me ahogan las lágrimas pensando que ya habrá encontrado a otro, lo que es normal, porque es tan perfecta que es irresistible.
Todo habría sido diferente si la hubiera hecho feliz cuando estábamos juntos, podría haberla seguido hasta el fin del mundo aunque todos se opusieran y miraran con asco nuestro amor.
Como cada día desde que ella se fue, lloro solo en mi cuarto recordándola porque se fue llevándose todo, hasta mi alma.

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