No suelo escribir sobre cosas alegres, pero a veces lo intento.
Cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia (o mala leche).

miércoles, 8 de octubre de 2014

Con manos temblorosas encendió el tercer porro de la tarde. Sus ojos azules se volvieron rojizos, tal vez por el humo, las lágrimas o el efecto de la marihuana. Pensaba que cuanto más fumara más se evadiría pero consiguió el efecto contrario. Se entristeció.
Miró su reflejo en el gran espejo de su cuarto. Veía a una chica encogida en el suelo, despeinada, melancólica; rodeada de ceniceros, tabaco y alcohol. Por un instante, dejó de verse a sí misma para encontrar a la niña que fue. Pudo verse con seis años y recordó todo lo que anhelaba, sus sueños y sus miedos; pero con esa edad jamás pudo imaginarse que acabaría así. En un antro, con drogas por doquier, totalmente dependiente de la subida o bajada del precio del tabaco.

El recuerdo de aquella inocente niña se desvaneció y ella se dejó sucumbir por miles de lágrimas.

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