Con manos temblorosas encendió el
tercer porro de la tarde. Sus ojos azules se volvieron rojizos, tal
vez por el humo, las lágrimas o el efecto de la marihuana. Pensaba
que cuanto más fumara más se evadiría pero consiguió el efecto
contrario. Se entristeció.
Miró su reflejo en el gran espejo de
su cuarto. Veía a una chica encogida en el suelo, despeinada,
melancólica; rodeada de ceniceros, tabaco y alcohol. Por un
instante, dejó de verse a sí misma para encontrar a la niña que
fue. Pudo verse con seis años y recordó todo lo que anhelaba, sus
sueños y sus miedos; pero con esa edad jamás pudo imaginarse que
acabaría así. En un antro, con drogas por doquier, totalmente
dependiente de la subida o bajada del precio del tabaco.
El recuerdo de aquella inocente niña
se desvaneció y ella se dejó sucumbir por miles de lágrimas.
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