Vaya mierda de día.
Menos mal que ya no veo la ciudad,
yendo en un coche de segunda mano, sin más compañía que el paquete
de cigarros en el asiento del acompañante. Desde luego, me da una
conversación más interesante que todos los absurdos mortales, que
se mueven al son de canciones aburridas, sin sentido y manipuladas
para que los hagan pensar a todos de la misma forma.
¡Qué decepción! ¿Qué esperanza
tenemos los que, como yo, pensamos de otra forma? Somos los raros, los
anti-sistema solo porque creemos que un mundo mejor es posible.
Espera, ¿es posible?
Necesito no pensar (si no, muero de
asco). Vamos a toquetear la radio de este viejo chisme.
Caca, caca, caca, ¿una canción folk?
¿Por qué no?
Conduzco sin demasiada prisa,
disfrutando del paisaje, cuando me doy cuenta de que hay un camino de
tierra que se adentra entre unos árboles. No sé por qué me dirijo
allí, algo encontraré.
Dejo el trasto con cuatro ruedas en un
claro y empiezo a andar, sin rumbo, como siempre que necesito
evadirme.


Sin prestar demasiada atención al
camino, llego a un acantilado con vistas más que espectaculares.
Me siento en el borde, con los pies
colgando. Es peligroso, pero la verdad es que no me importa. Enciendo
a uno de mis cilíndricos amigos y me quedó ahí. Ese momento podría
llamarse perfección.
Solo, me doy cuenta de los pocos
soñadores que quedamos, los pocos que pretendemos luchar por lo que
creemos. Aspiro el humo, lo espiro y lo veo desaparecer. A pesar de
lo solo que me siento, me rodea una sensación de alivio, de
esperanza.
Qué dulce es ser como los demás no se atreven.
Qué dulce es ser como los demás no se atreven.
The times they are a changing, Bob Dylan.
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