No suelo escribir sobre cosas alegres, pero a veces lo intento.
Cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia (o mala leche).

sábado, 25 de octubre de 2014

Microcuento cantado

Vaya mierda de día.
Menos mal que ya no veo la ciudad, yendo en un coche de segunda mano, sin más compañía que el paquete de cigarros en el asiento del acompañante. Desde luego, me da una conversación más interesante que todos los absurdos mortales, que se mueven al son de canciones aburridas, sin sentido y manipuladas para que los hagan pensar a todos de la misma forma.
¡Qué decepción! ¿Qué esperanza tenemos los que, como yo, pensamos de otra forma? Somos los raros, los anti-sistema solo porque creemos que un mundo mejor es posible. Espera, ¿es posible?
Necesito no pensar (si no, muero de asco). Vamos a toquetear la radio de este viejo chisme.
Caca, caca, caca, ¿una canción folk? ¿Por qué no?
Conduzco sin demasiada prisa, disfrutando del paisaje, cuando me doy cuenta de que hay un camino de tierra que se adentra entre unos árboles. No sé por qué me dirijo allí, algo encontraré.
Dejo el trasto con cuatro ruedas en un claro y empiezo a andar, sin rumbo, como siempre que necesito evadirme.
Sin prestar demasiada atención al camino, llego a un acantilado con vistas más que espectaculares.
Me siento en el borde, con los pies colgando. Es peligroso, pero la verdad es que no me importa. Enciendo a uno de mis cilíndricos amigos y me quedó ahí. Ese momento podría llamarse perfección.

Solo, me doy cuenta de los pocos soñadores que quedamos, los pocos que pretendemos luchar por lo que creemos. Aspiro el humo, lo espiro y lo veo desaparecer. A pesar de lo solo que me siento, me rodea una sensación de alivio, de esperanza.
Qué dulce es ser como los demás no se atreven.

The times they are a changing, Bob Dylan.

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